domingo, 24 de noviembre de 2013

Preludio.

melancolía.
            (Del lat. melancholĭa, y este del gr. μελαγχολία).
1. f. Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en nada.

            El malévolo Tristán, así como en la misma Melancolía de Lars, es el soundtrack mental de estos últimos días. Sin embargo, a diferencia de esa odisea postmodernista de Justine y Claire, esto se trata de un impacto moral contra mí misma; hacer o no hacer, huir o pasmarme.
            La palabra ‘melancolía’ siempre me pareció sumamente hermosa, a lo Terry Pratchett: hermosa para ver desde la distancia; hermosa pero increíblemente poderosa. El sentimiento, por el contrario, resulta bastante agotador; la mejor manera que se me ocurre para describirlo es con un recuerdo; la sensación que producían las miradas de condescendencia en la nuca, como si algo en mi hubiese muerto y todos sintieran lastima por mí, todos, hasta yo.
            Pero con el tiempo, ésta mal llamada enfermedad psicosomática se vuelve más llevadera; se forma una burbuja alrededor de ti, deja de importarte demasiado el exterior; la herida forma una costra. Pero cuando esa costra no termina de sanar, no termina de caer por su cuenta, se aferra tanto a ti que no puedes dejarla ir.
            Alguien me dijo una vez, que la vida se trata de momentos decisivos que de alguna manera van desfragmentando la esencia de uno mismo. Últimamente, con esa frase en mente, he pensado que existen ocasiones en las cuales estas experiencias logran infestar de tal manera el espíritu, que ese ‘fragmento’ levemente se desprende, y perdemos algo de nuestra humanidad.